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19 de agosto de 2014

No se me ocurre otra manera - Ala y Raíz


No se me ocurre otra manera
de seguir en pie de guerra
que cobijarme entre tus brazos
practicando el cuerpo a tierra. *




    El día 7 de agosto Ala y Raíz se unió al 18-J para desvelar los secretos de la Libertad de las sombras.  Os entrego mi gratitud infinita, público y compañeros que os dejáis engañar en locuras de sombra, fusiles y claveles, o en sueños de locos o poetas. Os entrego mi infinita gratitud, y no se me ocurre otra manera. Fue una noche mágica; quien la probó, lo sabe.


      No sé de nadie que vea la música como Juanjo. Él ve la música dentro de su cabeza, ella le envuelve y le posee, él la degusta y la digiere en sus entrañas, y de ahí sale por sus dedos de mago hasta las teclas de su piano. Se disfrutan mutuamente, se alimentan mutuamente. Sería un gran... -corrijo: será un gran... -rectifico: Es un gran maestro. La emoción nos encogió a todos con la elegía de Miguel Hernández intrincándose por los ritmos obsesivos de Carol of the bells. Ya en el primer Diálogos le presenté como "Compañero del alma, compañero". Juanjo es un genio que ve la música como Beethoven; quien lo probó, lo sabe.

    Como el clavel frente a un piano que proyecta una sombra difuminada, Tere ha asumido gran protagonismo en estos Diálogos con la Música. Asume tarea de hormiguita, e insiste practicando hasta que todo funciona. Es el tesón del ciclista: pedalea, pedalea... hasta la meta; ese tesón que se da en el ciclismo: Paso a paso... verso a verso. Ese tesón de Alfonsina en el fondo oscuro del mar... Tere es todo un mundo; quien la probó, lo sabe.

    Son una gran familia llena de música. Sus melodías gemelas aportaron la dulzura necesaria para equilibrar la acidez de los fusiles y la muerte. El equilibrio debe ser siempre la filosofía que defendamos: Pasión y elegancia, dulzura y acidez, ala y raíz: la eternidad es eso. Ojalá sea siempre así. La elegancia del piano se fusiona con la pasión de la guitarra de Jose y la voz limpia de Cheli. A Jose aún le invaden los nervios... y, haciendo Justicia, Cheli invadió pacíficamente las murallas de la Mota con su voz. Son una conjunción perfecta; quien los probó, lo sabe.

    Inspiradoras musas, no podríamos hacer estas locuras sin gente como ellas. Alba es extraordinaria, sin duda; con ella me viene obsesivamente a la cabeza un verso de Dylan Thomas: "y la muerte no tendrá dominio", porque ella domina la escena con los movimientos de su cuerpo y su voz. Eva es sorprendente, sin duda; una persona única con el ingenio genial para improvisar "bisiestismo" en un escenario. Raquel es feliz en escena, sin duda; y es capaz de cualquier cosa que se proponga. Siempre me gusta recalcar lo que hacen mal: Era imposible que no le dieran al gatillo del fusil, y además, matan al segundo disparo (porque el primero es para apuntar). Ellas siguen dando vida a las miradas cómplices y los abrazos que surgieron un 18-J. Alba, Eva y Raquel son auténticas musas; quien las probó, lo sabe.

    "Este año nos falta un piano, ¿qué hacemos? Pues ponemos un par de violines". Dani y Sergio se han unido y, extrañamente, no han huido de nuestro grupo de locos o poetas. Tal vez sea porque también ellos llevan por dentro ese toque de magia, ese aglutinador de afectos que nos une. Ese resorte que salta cuando Juanjo se pone al piano y hace magia, o cuando Sara pregunta: "¿Quiénes son los violinistas...?". Dani y Sergio son talento puro; quien los probó, lo sabe. 


No se me ocurre otra manera
de seguir en la trinchera
con un beso por fusil.


    Dando su visión del mundo con ojos limpios, Jose Carlos y Jose se abren de par en par. Jose es detallista hasta el extremo y sólo duda antes de partir, después tiene claro que si te vas, se marchará contigo. Jose Carlos está cultivando sueños, tal vez ni él mismo lo sabe. Creciendo y aprendiendo a cada minuto. La cosecha será enorme, sin duda. Jose es el orden apropiado, Jose Carlos es el caos necesario. Ellos son Ala y Raíz. Jose y Jose Carlos son filosofía pura; quien los probó, lo sabe.

    "Tengo un zancorero", nos dijo Miguel Ángel. Nadie imaginaba que Pedro iba a protagonizar la escena de la que todos iban a hablar después, personificando a la perfección la imagen de la Muerte; una muerte que se convertía en la sombra de Anabel, consumiendo el triste destino del espíritu de Yahisa. Anabel creó la conexión perfecta entre el mundo de la luz y el mundo de las sombras... dando poder visual al sonido de la música y la poesía. Pedro y Anabel son Ala y Raíz; quien los probó, lo sabe.

    Ana me decía: ¿cómo podéis estar tan tranquilos? La respuesta era sencilla: Sabemos que con este grupo de gente, todo irá perfecto. Por dentro dejábamos en remojo todo el trabajo, los contratiempos, las burocracias y las trabas, que los hubo. Muchos. Ana es la única que se leyó el guión, seguramente, por eso ella sabía qué había que hacer en cada momento. Eso es una regidora. Si todos me dais vida, Cristina me da luz, y tan importante es el piano como la iluminación, capaz de dar brillo o deslumbrar un espectáculo, que no es lo mismo, ni es lo mismo iluminar que alumbrar. Ana y Cristina son un regalo porque hacen que todo funcione. Ana y Cristina son aroma de romero y luz del alba; quien las probó, lo sabe.

    Trabajador incansable, Miguel Ángel nos embarcó en esta locura de sombras y claveles, y ya está pensando en la siguiente. Su guión ha cautivado a todos cuantos quisieron descubrir los secretos de la libertad de las sombras. Ejemplo claro de bisiestismo, Miguel Ángel es simultáneamente garra y herida; quien lo probó, lo sabe. 

    No me olvido de Sergio y Sonia. Nosotros somos contingentes, pero ellos son necesarios. Vuelvan pronto, que ellos saben que también son Ala y Raíz; quien los probó, lo sabe. Yo... yo sólo soy una impresión reflejada; quien me probó, lo sabe.

    Marta, consagrada como llama, mágica mujer, estrella de la noche y luz de aquel rincón. Ella es Ala y Raíz más que ninguno de nosotros: Ella es una sonrisa inmensa, pero cuando baila se convierte en una llama, mirada pasional y oscura, ceño fruncido, elegancia y sensualidad, emoción desbordada y desbordante. Marta es una llama; quien la probó, lo sabe. 


Huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor süave,
olvidar el provecho, amar el daño;

creer que un cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a unç desengaño;
esto es amor; quien lo probó, lo sabe.


*Versos de Luis Eduardo Aute y Lope de Vega.



25 de enero de 2013

Seres vulnerables





                Todas las grandes e innumerables cuestiones de la vida se pueden ir agrupando y enlazando unas con otras, y otras entre sí, formando una red hasta reducirse a un puñado escaso. La muerte, el futuro, la sociedad, la fe, la esperanza, el amor, la empatía, la pasión, etc., son sólo algunos de estos temas que nos llaman, nos preocupan y nos asustan, nos impulsan, nos mueven y nos motivan, nos alientan. Creo que todos ellos pueden reducirse a tan sólo tres, con el vínculo común de la Vida: El Amor, la Muerte y el Miedo. Estos tres temas, a su vez, se interrelacionan estrechamente, de forma que el miedo a la muerte se define como el amor por la vida, y “de la muerte del amor nace el amor a la muerte”. Así, todo queda en dos grandes temas: Amor y Miedo, si consideramos que “la muerte es mentira”, ya que “mientras somos, la muerte no es”, y es el miedo lo que realmente nos provoca esa aversión a la muerte.
                El amor nos mueve. El amor envuelve nuestras vidas de una forma a veces sutil y otras veces arrolladora, unas veces descarada y otras inconsciente. El amor influye y dirige nuestras vidas a cada momento, inimaginablemente: en las relaciones familiares, sociales, profesionales y de pareja. Amar es anteponer, voluntaria e ilógicamente, los intereses de otra persona a los tuyos. Esta situación sólo se explica por la empatía y la compasión que nace del amor. Por el contrario, en muchas situaciones podemos confundir las borrosas fronteras que separan conceptos similares pero distintos: Amas. Eres. Hieres. Quieres. Requieres.
Extrañamente, ‘quieres’ y ‘requieres’ son antónimos. ‘Quieres’ (= amas) implica una unión, marcada como un impulso, que te vincula inconscientemente a otra persona... e inopinablemente te enamoras. Imposible desenamorar. Ocurre igual con el amor de pareja, que simplemente ocurre sin razón. Consideramos, por otro lado, ‘requieres’ [= solicitas; (‘requieres’ no es ‘vuelves a querer’)], y no debemos confundir estas ideas, porque en ocasiones llegamos a exigir lo que no deberíamos ni siquiera pedir. Eso nos conduce sin remedio al dolor; y el dolor, al miedo.

El miedo al dolor es a veces más peligroso y más dañino que el dolor mismo, de la misma forma que la costumbre a la desesperación es peor que la misma desesperación, o igual que una palabra puede ser “más triste que la propia tristeza”. El miedo es una razón poderosa que puede hacer tambalearse al más fuerte, y puede llevarnos a buscar el extraño placer de la insensibilidad, para evitar el dolor de que alguien nos hiera. Sentimos miedo cuando somos vulnerables, y nunca es uno más vulnerable que cuando cierra sus ojos, abre sus cerrojos, abandona la seguridad de su hermetismo y se abre de par en par. Somos en verdad seres vulnerables, y el miedo nos atenaza y nos desequilibra. Sin embargo, y hasta cierto punto, el miedo es útil, nos mantiene alerta, nos protege del dolor, nos evita dolor, pero sobrepasado ese límite invisible, el miedo puede desviarte de un camino recto, de un camino por recorrer. Debe encontrar “cada caminante su motivo”, y entonces el miedo pierde razón de ser, y desaparece.
El miedo al amor es un miedo atroz. No es cobarde ni enfermizo, sino al contrario, es quizá el único miedo valiente que exista, porque tener miedo implica una voluntad latente por vencer ese mismo miedo. Lo contrario, la rendición al miedo, es irreversible. La voluntad por querer vencer el miedo al amor produce dolor en un corazón sin equilibrio, pero es un dolor lógico y necesario, es un recorrido duro que te encamina hacia tu estado normal de equilibrio, sin ansiedades, ni rencores, ni dolor.
Ser vulnerable es el mayor regalo que una persona puede hacer, es el grado máximo de confianza, y constituye la esencia misma del amor: anteponer.
Anteponer tus necesidades a las mías.
Anteponer tu dolor al mío.
Anteponer tus miedos a los míos.
"Anteponerte al Sol, a la vida misma".

Ser vulnerable es arriesgado. Omnias Vulnerant: Todas hieren. La última, sin embargo, salva.


Kai - Septiembre  2012

6 de noviembre de 2012

¿Qué rompe un corazón?


Para la lectura de relatos de terror del grupo Entre Aldonzas y Alonsos... celebrando los días -y las noches- de fieles difuntos en Casablanca, nuestro templo.

LA SEÑORA 
(¿Qué rompe un corazón?)


De la muerte del amor, nace el amor a la muerte.  L. E. Aute.
 
Noche y niebla… mala combinación. Vi venir una figura a lo lejos, y yo juraría que surgió de la niebla, sin previo aviso ni invitación; en la distancia era como una hormiga negra, en una calle negra, en una noche negra; se acercaba creciente como una luna negra, interminable y fría. A media distancia, adiviné que era la típica señora vestida de negro… y empecé a divagar: Las señoras, así en general, son inofensivas; algunas incluso son simpáticas. Se diría que la mayoría son amables. (Las estadísticas aseguran que cinco de cada diez señoras son la mitad). Las señoras más peligrosas que existen son, en orden ascendente: a) Las señoras que aprietan el moflete al niño de la vecina o al nieto. El 98 % de las señoras confiesa pertenecer a este grupo. (El margen de error es del 2 % en este tipo de encuestas). b) Las señoras que empujan y embisten como jugadores de rugby para subirse al autobús Alcalá – Granada. Son un reducido pero poderoso 35 %.  Y c) Las señoras que circulan con sus paraguas abiertos a la altura de los ojos de las personas ‘normales’. Suponen un 80 %. Muchas pertenecen a los tres grupos, por lo que su peligrosidad potencial se dispara. Sin embargo, como decía, en general su peligrosidad no pasa de anécdota y son inofensivas, por eso y siendo como era una noche negra de niebla, en mis ensoñaciones mientras aquella señora se me acercaba, yo imaginaba que no estaba dispuesto a creer que fuera a barrerme del mundo una señora, por muy de negro que vistiese… La segadora de almas… la dama de negro… la señora de la guadaña… la Muerte, la llaman.
            La Muerte ha sido representada de muchas formas distintas… el esqueleto con la guadaña y el reloj de arena, la lechuza blanca, la niebla misteriosa, o esa inquietante figura que siempre habla en mayúsculas y a la que nadie discute. Esta mujer que se acercaba, por el contrario, parecía la típica señora, una dama que viste de negro guardando luto, con su peinado de señora, sus zapatos de señora y su bolso de señora a juego.
Cuando por fin nos encontramos, se detuvo junto a mí. Vi entonces que no era una ‘típica’ señora, sino una mujer joven, de belleza indiscutible, mujer de claras curvas y mirada penetrante. Y yo pensando en la Muerte… qué tonto soy… No obstante, me quise asegurar, así que la miré bien, de arriba a abajo: El esqueleto se le intuía por debajo de la piel, bien. Número de guadañas, cero; bien. Reloj, digital, sin arena; bien. Resultó ser una mujer que nunca deja de mirarte a los ojos, y parece que nunca parpadea. Corrijo: Creo que sólo parpadeó una vez. Fue un flechazo, me fulminó el corazón. Quienes hablan de las flechas de Cupido, no conocen a esta mujer.
 
Desde la noche siguiente, Ella venía a verme, siempre de noche, siempre puntual; asomaba su cara, se acercaba a mi cama sonriendo con la malicia de quien no tiene nada que perder, y me miraba… Ella sonreía, yo temblaba; y me decía que sólo quería hacerme compañía, pero yo intuía que buscaba algo más de mí. Quedábamos después largas horas en silencio, sólo mirándonos el uno al otro; deseando yo que Ella no parpadease ni una sola vez más. Pasaron los días, pasaron las noches… y un día algo pasó: amaneció (que no es poco), pero yo me sentí ensombrecido y triste por un miedo atroz e incomprensible. Aquel día las venas se me secaron, prisioneras del abismo, de la aurora, del tic-tac, pero esa es otra historia. Entre silencios, Ella me preguntaba: “¿qué rompe un corazón?”, y lo decía sin comprender, ajena y fría como una noche negra, que ella era la razón. Su voz me envolvía de una forma a veces sutil y otras veces arrolladora, unas veces descarada y otras inconsciente. Volvimos al silencio, hasta que me miró y comprendió que no debía estar allí. Se marchó. Gran coraza, el corazón.
Al día siguiente le escribí una carta; una de las de siempre, en papel. En ella le explicaba qué rompe un corazón. En ella decía que intentaré olvidarla… pero no sé cómo. Le decía que ahora que el guiño de una sombra basta para tumbarme, no existe manta ni abrigo capaz de aliviar este frío que nos hiela el corazón. Finalmente, escribí casi sin pensar:

 
El miedo al dolor es a veces más peligroso y más dañino que el dolor mismo. La rendición a ese miedo, es irreversible. Gran raza, la razón. Gran coraza, el corazón.
            Firmé. Besé la carta y la metí en un sobre. Dejé el sobre sobre la mesa y escribí su nombre con grandes letras rojas. Después me detuve un momento a contemplar las seis letras de su nombre que acababa de escribir. Fue al leer su nombre cuando decidí no enviarla.
Con los ojos cerrados, le dije adiós. Nunca me había sentido tan cerca de alguien, como de ella en el justo momento en que me partió el corazón. Yo era un corazón roto… y Ella, aquella mujer de curvilínea silueta y mirada intensa que me visitaba cada noche… Ella, ahora lo sé, era la Muerte. Cogí una cerilla y quemé la carta, sabiendo que, tarde o temprano, volveríamos a encontrarnos.